1.- La democracia debe empezar a aprenderse en la primera infancia. Pero ese aprendizaje debe ser una vivencia. Si por enseñar nos estamos refiriendo exclusivamente a que la democracia se convierta en un tema de estudio, es decir, que el adulto explica y el niño recibe, entonces no debería enseñarse; o no sólo debería enseñarse; o quizás debiera enseñarse siempre que previamente hubiese un verdadero aprendizaje vivencial, una verdadera inmersión democrática, por supuesto contando siempre con las capacidades y el nivel evolutivo de los niños. En todo caso, desde un enfoque público de la educación, no debería haber sistema o centro que fuese tenido en consideración sin superar una verdadera “prueba del algodón” de la formación democrática.
2.- Creo que ha cambiado muy poco. Se sigue abordando como un tema de estudio, en el mejor de los casos con alguna práctica esporádica. Se analiza, se disecciona, como se hace con una planta en botánica, con un tímido contacto real. No existe una gimnasia diaria de debate, de pensamiento crítico, de comprensión de los puntos de vista ajenos, de espíritu comunitario, de búsqueda del consenso y el acuerdo, de construcción comunitaria de la vida diaria. Por eso, la preparación que alcanzan los niños y jóvenes es totalmente deficiente. No es mejor que la que, por ejemplo, tenían los niños y jóvenes de los 60 y 70 en educación sexual.
3.- La democracia debería ser en las aulas una forma de convivencia, algo que está presente todo el tiempo, algo que se vive y a lo que se da importancia, que se cuida y a lo que se le dedica tiempo. Si, como debería ocurrir con el resto de aprendizajes, una vez conocida de forma íntima desde edades tempranas hay un interés posterior por profundizar en ella de forma más abstracta y más analítica, genial. Pero ése debería ser el orden natural.
4.- Para empezar, debería ser mucho mayor de la que hoy en día tienen los niños en los centros. Creo que no hay que marcarse techos a priori. Obviamente un niño de infantil no va a poder ocuparse de los mismos temas que un chico o una chica de secundaria, pero es que, con toda seguridad, no va a tener demasiado interés en ellos. Por otro lado, sorprende la capacidad de los niños para involucrarse en algunos temas que a priori no les corresponden por edad. Lo que importa es que los niños y jóvenes tengan la experiencia real, no simulada, de que los asuntos que les preocupan son responsabilidad de todos y que tienen capacidad de influencia, en la medida que sea posible, en las decisiones que se toman sobre ellos; que sientan que esa comunidad en la que viven durante una gran parte de su vida, se construye, para bien o para mal, entre todos. Eso sí, me parece imposible que un cambio de ese tipo, si se hace con todas las consecuencias, no tenga efectos en el curriculum. Aunque estoy convencido de que serían fabulosos.
5.- Todas las experiencias que conozco que valen la pena son ajenas al sistema educativo. Proyectos que para ser fieles a esos y otros principios no ven otra posibilidad que funcionar de forma independiente. Supongo que ellos lo asumen como un peaje que tienen que pagar. En todo caso es un fenómeno creciente que tiene presencia en todo el mundo. Existe una Comunidad Europea de Educación Democrática EUDEC, que forma parte de otro organismo mundial (IDEC), que agrupa a centros, colectivos y personas implicadas en proyectos de educación democrática (
http://www.eudec.org) y que tiene un capítulo para el estado español ([url]educaciondemocratica.wordpress.com[/url]). La única referencia que tengo dentro del sistema son las comunidades de aprendizaje, pero no sé hasta qué punto son consecuentes con todo eso. Es un tema que me ofrece muchas dudas y que quiero conocer de primera mano.
6.- Una educación democrática reduciría enormemente la desafección con que la gran mayoría de niños y jóvenes viven su proceso educativo. De hecho, haría que muchos de ellos empezasen a vivir de verdad su proceso educativo, en lugar de dejar, resignados, que otros lo vivan por ellos. Sería su primera oportunidad de hacer realidad esa frase que tanto suena: “formarse como ciudadanos, en lugar de como súbditos”. Yo creo que no es casual el enorme paralelismo que existe entre la forma en que la gran mayoría de la población vive la política y ejerce la ciudadanía y el modo en que la gran mayoría de la infancia y la juventud vive su proceso educativo. Es como si sintieran que ambas cosas no son reales, que nada sirve de nada, que lo que ocurre no va con ellos. ¿Cómo liberarse de esa idea si desde pequeños no han vivido otra cosa?
7.- Si se quiere ser consecuente con este tema y a la vez realista sobre lo que da de sí la institución escolar que tenemos, las dificultades que aparecen son enormes. Es innegable que la escuela sigue siendo una estructura autoritaria (sea de alta o de baja intensidad) y plantear una auténtica educación para la democracia supone una contradicción evidente que nunca se reconoce. Para salvarla es necesario cambiar toda una forma de concebir la infancia y de relacionarnos con ella, y como consecuencia toda una forma de entender el aprendizaje y de organizar los centros educativos. Casi nada. Eso no es menos ambicioso que la pretensión del 15M de cambiar la forma de enfocar la política y la economía, pero alguien tiene que empezar a hacerlo, como mínimo lanzando ciertos temas al debate público y reconociendo la situación real en la que nos encontramos.
8.- Por mucho que haya que intentarlo por otras vías, no veo otra forma de conseguir realmente que en algún momento la ciudadanía despierte, asuma finalmente su responsabilidad y llegue a una verdadera mayoría de edad, que alcanzar una educación realmente democrática, impulsando cambios profundos en la forma de plantear el proceso educativo y de entender el papel de la infancia.